En la mira: vulnerabilidad del cambio climático en Bolivia

A medida que la crisis del cambio climático continúa desarrollándose, debe darse especial atención a quienes actualmente son, o a quienes serán en el futuro, los más afectados por sus impactos. “Vulnerabilidad” – el término se utiliza a menudo para referirse a estas personas, pero ¿qué significa exactamente?. Un error que suele cometerse es confundir la vulnerabilidad con la exposición a los riesgos de desastres relacionados con el clima. Mientras que la exposición a temperaturas extremas (o el aumento del nivel del mar en el caso de muchos países isleños pequeños o zonas costeras densamente pobladas) sin duda contribuyen a la vulnerabilidad de la población en particular – ya sea nacional, regional o sub-regional – es sólo un aspecto de las múltiples facetas de este concepto. Más allá de la geografía, otros macro y micro factores, como la influencia geopolítica, la capacidad del gobierno y los recursos económicos también puede elevar los niveles de vulnerabilidad. En este sentido Bolivia está situada en una única posición. Vivir en un país con una geografía distinta, con tasas de pobreza debilitándose, y la falta de peso político para influir en la mitigación internacional y las políticas de adaptación, la población boliviana está en la mira del cambio climático. Con cada generación que pasa, la gravedad de la situación es cada vez más evidente. De acuerdo a las estadísticas del Centro para la Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres (CRED), Bolivia sufrió los peores diez desastres naturales de los últimos tres decenios y ha experimentado un marcado aumento de los desastres que podrían clasificarse como catastróficos. En otras palabras, los bolivianos ya están viviendo, con hechos, cambio climático.

La vulnerabilidad geográfica y el efecto de El Niño

La desgracia geográfica sencilla del país es uno de los componentes de mayor vulnerabilidad. La topografía variada de Bolivia, que va desde el altiplano (meseta) de Occidente, con su clima seco y fresco a las selvas húmedas de las tierras bajas orientales – la hace susceptible a intensas sequías e inundaciones que pueden causar estragos en la producción agrícola. Con la agricultura siendo un sector clave de la economía tanto en términos de empleo como de subsistencia, estas amenazas a la productividad pueden tener graves consecuencias. Como los patrones del clima cambian y aumentan aún más los riesgos e incertidumbres asociados con la producción agrícola, los agricultores buscan cada vez más formas de proteger sus cosechas. El índice de vulnerabilidad de David Wheeler mide el riesgo en relación a tres principales problemas relacionados con el clima que enfrentan las naciones en todo el mundo: el clima extremo, la subida del nivel del mar, y la pérdida de la productividad agrícola. Entre de 233 países, Bolivia clasificó en el puesto 21 el 2008 y se prevé que sea el país número 12 dentro los más susceptibles en condiciones climáticas extremas el 2013. Este fuerte aumento pone en relieve lo que muchos bolivianos y bolivianas ya saben – que el cambio climático es real y que es algo que está impactando su vida cotidiana en estos momentos.

A menudo, estos eventos climáticos extremos han sido atribuidos a los fenómenos de El Niño / La Niña, a los efectos de que Bolivia ya está predispuesto. En los últimos 25 años, el mundo ha registrado más fuertes y frecuentes episodios de El Niño. Todavía no está claro si esta tendencia es representante de un nuevo tipo de El Niño – que se ve agravada por el cambio climático. Carlos Salinas, coordinador del Programa Nacional de Cambio Climático de Bolivia, parece convencido de que hay una correlación fuerte entre la intensificación de los eventos de El Niño y el cambio climático:

“Lo que el cambio climático ha hecho es que ha exacerbado estos fenómenos. Así que ahora tenemos todos los años, El Niño, La Niña, El Niño, La Niña … lógicamente, esto influye en lo que está pasando o lo qué va a pasar … Hemos visto deslizamientos de tierra, inundaciones, sequías más prolongadas. Así que esto es la relación que El Niño y La Niña tienen con el cambio climático.”

Incluso antes de esta intensificación, El Niño hizo sentir su presencia en Bolivia, especialmente en 1982-1983, cuando afectó a más de 2,8 millones de personas y causó daños ​​por un total de casi tres mil millones de dólares, lo que equivale más del 7 por ciento del PIB anual. Estos impactos económicos difícilmente pueden ser comprendidos, dado los niveles de pobreza históricos y la falta de recursos disponibles en las oficinas gubernamentales a nivel local y nacionalpara hacer frente a los desastres ambientales.

La vulnerabilidad económica y las tendencias migratorias

No es de extrañar que la falta de recursos económicos pueda impedir la respuesta o la recuperación de un desastre relacionado con el clima. En Bolivia se juega esta dinámica, al igual que a un nivel global, nacional y regional. En el plano interno, los altos niveles de desigualdad en un país subdesarrollado indican que algunos estarán mucho mejor equipados para hacer frente a los impactos de los sucesos climáticos extremos que otros que tienen menos recursos personales. Según el informe de Oxfam Bolivia: Cambio Climático, Pobreza y Adaptación Bolivia ya tiene un alto porcentaje de su población en riesgo de inundaciones y sequías, de los cuales los más expuestos son la población empobrecida e indígenas. Los campesinos o ganaderos a menudo no pueden hacer frente a los choques económicos que provocan los fenómenos meteorológicos extremos y, en consecuencia están obligados a abandonar sus comunidades en busca de oportunidades que ofrecen las ciudades.

El movimiento que existe de las zonas agrícolas rurales a los grandes centros urbanos es una tendencia internacional general que no desacelerará en los próximos años. De acuerdo con las Naciones Unidas, desde el año 2008 la mitad de la población del mundo vive en zonas clasificadas como urbanas y el 90 por ciento de su crecimiento en las próximas décadas será en las zonas urbanas. Bolivia parece seguir esta tendencia mundial: hace 30 años el 64 por ciento de la población vivía en zonas rurales, mientras que hoy el 62 por ciento vive en centros caracterizados como urbanos. Este proceso de rápida urbanización puede significar una falta de planificación urbana y de regulación, debido a la gran cantidad de nuevos inmigrantes (como ha sucedido en Quillacollo). Sin las restricciones de zonificación nuevos pobladores buscan tierras disponibles más baratas, a menudo en zonas de viviendas precarias (ZVP), cerca de las llanuras susceptibles de inundación o en escarpes acantilados. Por otra parte, estos asentamientos de viviendas informales, a menudo carecen de infraestructura adecuada como el acceso al agua potable o los métodos apropiados de eliminación de residuos. La expansión urbana a este ritmo, acelerado por el calentamiento global en las próximas décadas, podría hacer que una situación ya mala, sea incluso peor para los mal equipados para lidiar con las consecuencias de los principales sucesos del cambio climático.

Capacidad del gobierno nacional y la incidencia geo-política

Además de las particularidades geográficas del país y la falta de recursos económicos, el gobierno también enfrenta demandas que no tiene capacidad de satisfacer, añadidas a la vulnerabilidad general de Bolivia. Las sequías extremas que ponen en peligro la subsistencia de los agricultores rurales, o las inundaciones desastrosas que agobian a los residentes en zonas de viviendas precarias no son problemas fáciles de resolver. Cuando se producen, la respuesta del gobierno a estos desastres es frecuentemente lenta o inadecuada. Los motivos de retraso en los esfuerzos de ayuda son diversos, pero generalmente están relacionadas a cuestiones de acceso o incidencia. Las zonas rurales son difíciles de acceder, sobre todo cuando un desastre afecta a toda una región, como fue el caso de las inundaciones en el Beni a principios de 2011. Sin acceso las agencias gubernamentales a menudo tienen dificultades para proporcionar la asistencia necesaria, ya sea para las necesidades de recuperación inmediatas o las de más largo plazo.

Cuando se trata de ejercer incidencia sobre cómo se llevan a cabo las respuestas de emergencia, este es un problema en el mundo desarrollado también. En los contornos urbanos, los más perjudicados por los desastres a menudo son también las poblaciones más marginadas por los procesos políticos y tienen una menor influencia en las decisiones políticas. Sin poder y sin lo que se conoce como “voz vertical” o canales para hacer llegar demandas a los líderes políticos, algunos (particularmente vulnerables) de los segmentos de las poblaciones rurales y urbanas son ignorados. La ausencia de una rendición de cuentas democrática significa que la respuesta de los representantes políticos puede ser lenta o incluso inexistente.

Uno puede ver que esta dinámica se está jugando a nivel global, así como con respecto a los fondos de adaptación al cambio climático o las políticas de mitigación. A nivel internacional, Bolivia tiene poca influencia política en las negociaciones que conforman las políticas de los principales contaminadores de carbono a nivel mundial. En las rondas de las negociaciones de las Naciones Unidas del 2010 sobre cambio climático en Cancún, el equipo de negociación de Bolivia, no pudo convencer ni siquiera a sus aliados más cercanos, como Venezuela y Cuba, para unirse en rechazo del acuerdo de Cancún – una posición que se tomó debido al fracaso sobre el acuerdo para asegurar objetivos más ambiciosos en materia de políticas de mitigación y un conjunto de mecanismos obligatorios más fuerte. Como país en las negociaciones globales – cuyos resultados afectarán profundamente su futuro – Bolivia por si solo se ve incapaz de catalizar la acción de la comunidad internacional. De esta manera la experiencia de los representantes de la nación hacen eco de los bolivianos que viven en zonas peri-urbanas que luchan con los efectos económicos del cambio climático y que difícilmente pueden atraer la atención de sus líderes electos. Pablo Solón, el ex embajador boliviano ante la ONU, escribió después de Cancún, “Bolivia es un país pequeño. Esto significa que estamos entre las naciones más vulnerables al cambio climático, pero con la menor responsabilidad por haber causado el problema”. Como resultado de la posición que el equipo negociador de Bolivia tuvo en Cancún, adquirió la reputación de ser “obstruccionista” en los foros internacionales. En noviembre pasado en la COP 17 en Durban, Bolivia propuso un Mecanismo de Adaptación Conjunta: “La vida sostenible de los bosques“, que pretende ser una alternativa a las soluciones basadas en el mercado tales como el programa UN-REDD. Para decepción del equipo negociador boliviano, la propuesta fue dejada de lado después de haber recibido poca atención de los otros negociadores, una vez más  se puso en relieve la impotencia de Bolivia para influir en las decisiones políticas que tendrán un impacto directo en sus generaciones actuales y futuras. Esta intersección de la pobreza extrema, la ubicación geográfica, y una grave falta de influencia en las decisiones políticas, tanto a nivel local e internacional, hace de Bolivia el ejemplo por excelencia de vulnerabilidad al cambio climático.